¿De qué tienes hambre?


"No es el hambre, ni los terremotos, ni los microbios, ni el cáncer. El ser humano es el mayor peligro para el ser humano, por la simple razón de que no existe protección contra las epidemias psíquicas, infinitamente más devastadoras que la peor catástrofe natural".— Carl Gustav Jung
Gente hecha con temporizador de bomba, con cuenta regresiva, hecha de botellas pet, microplástico de burbuja.Gente gestada en fertilizante, alimentada con ración ensacada y criada entre ladrillos, cemento y asfalto.
La nueva humanidad, producida en serie frente al celular, moldeada por las necesidades industriales y los deseos infinitos, se está devorando a sí misma y al planeta.
Es una civilización previsible, programada, con temporizador por voz. En cada ser hay un código de barras interno, cámaras de seguridad y controles por joystick. Todo está hecho para hacernos creer que las voluntades son propias, que existen libertades individuales, misiones especiales, y que la existencia es una gran oportunidad de negocio. Toda una vida sobre ruedas de goma, colchones de espuma y alimentos envueltos en plástico.
La vida se crea en los supermercados y ahora también en los sitios de comercio electrónico. En ese universo paralelo, la nueva humanidad busca la realización, el amor-posesión-para-siempre, la familia protegida, la comida garantizada, el juego de azar y la próxima partida.
Día tras día enfrenta la repetición disfrazada de novedad, lo mismo de siempre con otro envoltorio. Vivir se convierte en sobrevivir rodeado de basura tóxica con diseño de naturaleza en los envases. Una vida de envases vibrantes.
Nunca fue tan clara y actual la fuerza de la frase de Hipócrates, del remotísimo siglo V a.C.: "somos lo que comemos". La salud, la enfermedad y la cura están en el mismo lugar: en la caja del supermercado y de la farmacia.
La visión general del sentido común tiene poco y bajo alcance, apenas el suficiente para despertar al día siguiente con comida en la mesa. Hay que mantener el estómago entretenido.
Mientras esa gigantesca mayoría funciona en piloto automático, una absurda minoría de ochenta familias mueve los hilos desde sus mansiones rodeadas de cámaras, armas de precisión, sirvientes de delantal y los restos de los banquetes en los tachos de basura que alimentarían aldeas enteras.
Esa humanidad también tiene su temporizador, el implacable tic-tac. Ten fe: esa dinamita no está en la mochila dejada en la estación de tren, ni atada al cuerpo de un niño bomba. Tampoco está en el smartphone, en la tablet israelí, ni en el colchón de poliuretano. Está en el plato frente a ti, repleto de pasta de trigo, salsa de tomate y muchas ganas de tapar agujeros.
Las ganas de llenar la panza para no pensar en nada más que en matar aquello que te está matando, esa angustiante cuenta regresiva. Hasta las ochenta familias implosionarán algún día.
Buen provecho.

