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El clipping en la lucha contra las fake news

  • Foto do escritor: Arthur Andrade Tree
    Arthur Andrade Tree
  • 17 de mai.
  • 3 min de leitura

No basta con exponer la verdad: hay que neutralizar la mentira.

La industria de la desinformación se fortalece día a día en una era de conectividad global. Sin embargo, la red de noticias falsas es mucho más antigua que internet: se remonta a las primeras sociedades humanas.


Desde la Antigua Roma

Los relatos falsos son considerablemente más antiguos de lo que la mayoría supone. El emperador Augusto empleaba propaganda engañosa para desacreditar a sus enemigos políticos. Los líderes religiosos medievales difundían rumores para justificar guerras como las Cruzadas, o para perseguir a minorías como las comunidades judías. El conquistador mongol Gengis Kan difundía deliberadamente historias sobre su propia crueldad para desmoralizar la resistencia de las ciudades que se disponía a invadir.


Con la invención de la imprenta en el siglo XV, las noticias falsas encontraron un alcance mucho mayor. En el siglo XVIII, Benjamin Franklin —uno de los padres fundadores de los Estados Unidos— fabricó un periódico en el que acusaba a los pueblos indígenas de crímenes con el fin de justificar la escalada de violencia contra ellos.


Editores como William Hearst y Joseph Pulitzer en Estados Unidos exageraban o inventaban noticias con regularidad para vender más ejemplares. El régimen nazi desplegó una propaganda sistemáticamente falsa para manipular a poblaciones enteras. Durante la Guerra Fría, tanto Estados Unidos como la Unión Soviética difundieron desinformación para moldear la opinión pública en todo el mundo. En los años noventa, las teorías conspirativas llegaron al extremo de negar la propia existencia del virus del VIH. Las mentiras eran tan incesantes que la verdad se convirtió en una búsqueda filosófica.


La mentira que se propaga

Lo que durante mucho tiempo se había tratado como algo casi folclórico adquirió carácter de tragedia genuina con la llegada de las redes sociales. Impulsadas por la velocidad de internet, las noticias falsas se convirtieron en un problema global prácticamente de la noche a la mañana. Facebook, Instagram, X y WhatsApp se transformaron en vectores de desinformación a escala mundial. En 2016, el término fake news irrumpió en el debate público durante la campaña presidencial de Donald Trump, un fenómeno originado en Estados Unidos, ampliamente considerado el mayor productor mundial de noticias falsas.


Una vez que una mentira se propaga, nada puede contenerla. Las correcciones posteriores tienen un impacto mínimo. Incluso ante las pruebas, las personas tienden a aferrarse a las falsedades, a veces por pura inclinación. Al mismo tiempo, exigir responsabilidades a quienes crean desinformación es enormemente difícil: muchos operan de forma anónima o se refugian en jurisdicciones donde no existen marcos legales eficaces.


¿Cómo protegerse entonces?

La prevención es la primera y más eficaz línea de defensa. Eso implica capturar el contenido falso antes de que se amplifique mediante su difusión, y presentar después el registro factual de un modo que neutralice activamente la fake news, en lugar de limitarse a contradecirla. Existen herramientas eficaces para ello, entre ellas los servicios de verificación de hechos y la comprobación editorial llevada a cabo por empresas de clipping profesionales. Combatir la desinformación exige una competencia, una tecnología y unos profesionales cada vez más cualificados. Porque no basta con exponer la verdad: hay que neutralizar la mentira.


Un clipping eficaz —basado en la monitorización por palabras clave y orientado por el criterio de periodistas experimentados— puede filtrar la información inexacta a la velocidad a la que viajan las noticias hoy en día. En un entorno en el que los relatos se propagan a la velocidad de la luz, es la única forma fiable de contener el daño y proteger la reputación de personas físicas, organizaciones y marcas.


El clipping tiene la capacidad de rastrear los relatos falsos en todos los canales mediáticos y redes sociales, y de permitir a los equipos de comunicación actuar con precisión estratégica contra quienes los difunden: impidiendo que la desinformación arraigue, neutralizando las falsedades antes de que se consoliden y restableciendo el registro factual allí donde ha sido distorsionado.

 
 
 
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