LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL NO NOS DESTRUIRÁLA
- Arthur Andrade Tree

- 17 de mai.
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Ningún aroma artificial se aproxima al natural. Ningún color artificial se acerca al natural, ni ningún sabor artificial es reconocido por el cuerpo como natural. La naturaleza jamás será replicada por extraños. Las máquinas, los algoritmos y los seres humanos son incapaces de igualar la inteligencia de la naturaleza, pues todos ellos, sin excepción, son limitados. Por muchos terabytes que se conviertan en petabytes, jamás alcanzarán la milésima parte de la complejidad de la vida orgánica.
Lo que llamamos Inteligencia Artificial —o Inteligencia de Datos— no es más que otro proceso de información y comunicación. En la antigüedad, ese proceso se llevaba a cabo mediante hogueras y señales de humo. Después llegaron los tambores, las banderas, los silbidos, las botellas lanzadas al mar, los símbolos grabados en piedra. El telégrafo alarmó a quienes estaban acostumbrados a las cartas transportadas por barcos. La radio llegó amenazando con destruir a la humanidad con sus aterradores señales invisibles —lo cual, por supuesto, no ocurrió—. La destrucción fue prometida entonces por la televisión, una radio con imágenes: la catástrofe. Los ordenadores acabarían por fin con el mundo. No ocurrió. Pero ahora no hay salida: la IA destruirá a la humanidad.
En los años setenta, los ordenadores eran enormes. En los noventa, considerablemente más pequeños. Hoy caben dentro de botones espía. En China, ya descansan en las manos de las personas en forma de chips bajo la piel. Pronto se aplicarán en la retina en el mismo momento en que nazca un bebé. La sed de control es insaciable. La evolución de la IA no es más que el símbolo definitorio del siglo XXI, uno que será superado por otro en el XXII. La humanidad no perecerá a causa de la IA, del mismo modo que no pereció a causa del telégrafo ni de la televisión. La humanidad será extinguida por la naturaleza, la misma que la ha cobijado durante millones de años.
Esta conclusión es evidente por sí misma y no requiere grandes elaboraciones. Basta con mirar alrededor. Los seres humanos representamos apenas el 0,01 % de todos los seres vivos del planeta. Las plantas, los árboles y la vegetación suponen el 82 %. Si separamos a los humanos del resto de los animales, representamos tan solo el 0,4 % del total de criaturas salvajes, animales domésticos, peces, aves y hongos.
Somos la minoría de las especies, y sin embargo cargamos con la soberbia de los dioses. Creemos en un poder capaz de doblegar el universo a nuestra voluntad, y por ello construimos herramientas para asegurar ese dominio. El lenguaje fue una de las primeras. El poder de la comunicación a través de la voz. Quienes carecían de voz eran eliminados.
La naturaleza, silenciosa hasta que se la hiere, nos acompaña con paciencia. Conoce nuestra ignorancia como seres menores, nuestra desconexión de la tierra, nuestro exceso de hormigón, acero y algoritmos. Sabe todo esto, y de vez en cuando envía señales de advertencia: fuego, agua, viento y tierra. Borra civilizaciones con sus tsunamis, desvía ríos y convierte mares en desiertos. Y sin embargo, en medio de tanto ruido, las advertencias pasan desapercibidas. Para ella, un siglo no es más que un día. Su estrategia es sencillamente esperar, y dejar que los humanos caven sus propias tumbas. La IA, y cualquier forma de transmisión de datos que venga después, no tiene cabida en ese cementerio. La IA no nos destruirá. Como en todo proceso de evolución, la minoría será extinguida por la mayoría. En ese punto, Darwin tenía razón.

